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Un grupo de alumnos del Bachillerato Orientado Provincial (BOP) N° 56 de Colonia Siete Estrellas, acompañados por su profesor, llevó adelante un proyecto innovador en el área de industria de la granja: la construcción casera de una incubadora para huevos de gallina y codorniz. La experiencia despertó entusiasmo, compromiso y un fuerte aprendizaje colectivo, al punto que ya llevan adelante su tercera prueba con resultados exitosos.

El proyecto combina teoría y práctica. La incubación es el proceso en el que un embrión crece y se desarrolla bajo condiciones adecuadas de calor, temperatura y humedad, sin la intervención de la gallina. En este caso, los estudiantes diseñaron un prototipo con materiales reciclados: una caja de cartón forrada por dentro con tergopol para mantener la temperatura, equipada con un circuito eléctrico que consta de un termostato, un portafoco con foco y un ventilador que distribuye el calor de manera uniforme.

Eso ya lo trajo el profe de su casa, porque él ya la había usado”, recordaron los estudiantes sobre la primera caja. Lo siguiente fue conseguir los huevos adecuados: “Tienen que ser del nido, no de la heladera, porque tienen que estar fecundados”, aclararon. Para comprobarlo, aplicaron un método sencillo: colocar los huevos en agua; si se hunden son fértiles, si flotan no sirven.

Antes de colocarlos en la incubadora, cada huevo debía marcarse con una cruz y una letra para controlar su rotación. “Hay que darles vuelta dos o tres veces por día, hasta el día 18. Eso es para que el pollito no se quede pegado a la cáscara”, explicaron. También descubrieron que el control de la humedad es clave: entre el 50 y 60% durante los primeros 15 días, y luego elevarla a un 70% en la última etapa.

La incubación dura 21 días en los huevos de gallina —aunque ya en el día 20 pueden comenzar a romper la cáscara— y 17 en los de codorniz. “Si nacen antes es porque la temperatura estuvo muy alta, pero igual es normal”, agregaron. La temperatura ideal dentro del aparato oscila entre 37 y 38 grados.

El aprendizaje no se limitó a lo biológico. “Los chicos también aprendieron a hacer instalación eléctrica”, destacó el profesor. Además, debieron organizarse para cuidar los huevos incluso en fines de semana y feriados. “Ahora somos 10 alumnos. Cada día le toca a uno revisar la luz y mojar los huevos. Y si se corta la electricidad, la caja debe estar bien cerrada para conservar el calor”, contaron.

No siempre todo salió bien. “La primera vez no salió nada porque no teníamos experiencia. La segunda sí salieron, y ahora ya logramos 17”, compartieron con entusiasmo. Entre risas, algunos aseguraban que era la tercera prueba, otros que ya era la cuarta, un reflejo de la memoria compartida y la emoción del grupo.

El nacimiento de los pollitos fue un momento inolvidable. “Fue una experiencia linda, estábamos contentos y decíamos: ‘¡Fuimos papás!’”. Como cada alumno aportó huevos de su casa, a cada uno le correspondieron sus propios pollitos. Una vez que nacieron, fueron trasladados al corral de cría, un espacio con cama de viruta, comedero, bebedero y una lámpara que aporta calor. 

Allí deben permanecer durante el primer mes, a 33 grados de temperatura, que luego se va reduciendo dos grados por semana. Al agua se le puede añadir azúcar para evitar el estrés, además de vitaminas para fortalecer sus defensas. La iniciativa incluso generó curiosidad y anécdotas. “El profe decía que si el huevo tiene punta es gallo, y esta vez vimos que había dos gallos y el resto gallinas”, contaron entre risas.

Finalmente, el objetivo del proyecto va más allá de la escuela. “La idea es que los chicos puedan implementar esta técnica en sus casas, en la chacra”, subrayó el docente. De hecho, uno de los alumnos ya está construyendo su propia incubadora en el hogar, para continuar con la experiencia de producción.

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