📜

Hay momentos en la historia en que la dignidad de quienes producen termina por ser el único escudo frente al abuso de quienes solo administran el poder. Sucedió en la Roma republicana con la Secessio Plebis: cansados de las deudas y del trato injusto del patriciado, los plebeyos no buscaron la guerra, sino que se retiraron al Monte Sacro para fundar su propia soberanía. Hoy, en el Cantón, asistimos a una puesta en escena que guarda ecos de aquella vieja búsqueda de respeto.

El poder central, con su retórica de motosierra y desdén federal, actúa como ese patriciado soberbio que pretende dictar las reglas de una casa que, si bien es parte de la Nación, exige que se reconozca su preexistencia constitucional. Mientras tanto, los emisarios locales de ese centralismo aplauden desde la comodidad de sus cargos recién estrenados, olvidando que la lealtad debe ser, ante todo, con el suelo en el que viven.

El mesurado discurso de apertura de sesiones de Hugo Passalacqua este 1° de mayo me recordó la historia del Monte Sacro, que la encontré semanas atrás, jugando con las enciclopedias, y hace unos días en la Cronología Universal de Jacques Boudet, que llevo como biblia en la mochila. Minutos después del inicio de su mensaje, una fuente bien informada me envió una copia de la exposición al WhatsApp; así pude leerlo con detenimiento. En esencia, fue un manifiesto de soberanía política y económica ante el asedio.

Con la precisión de quien conoce cada picada, cada barrio, y con los galones de haber estado veintitrés años en la gestión del adaptable modelo Renovador, el Gobernador trazó una frontera moral clara: existe una construcción de sociedad solidaria, tolerante y sensible, que preserva la identidad misionera; y existe otra, egoísta y soberbia, que abandona a los más humildes, se ampara en soluciones mágicas de un mercado absoluto y convierte al que piensa distinto en un enemigo. Es la Polis del encuentro frente a la barbarie libertaria del “sálvese quien pueda” que emana hoy desde los despachos porteños.

En medio de este invierno de la motosierra que impulsan los hermanos Milei, Misiones decidió marcar su propia hoja de ruta. El anuncio de la suspensión del pago a cuenta en el “Control Fiscal en Ruta” —la famosa aduana paralela— por 12 meses para el 95% de las pymes es, quizás, el golpe estratégico más contundente de los últimos tiempos. No fue una concesión graciosa, sino un acto de soberanía fiscal para oxigenar a 16.500 pequeños contribuyentes que hoy sienten el rigor de una contracción económica nacional que asfixia.

Lo curioso, o quizás lo predecible, fue la reacción del gerente de la marca Milei en la provincia, el doctor Carlos Adrián Nuñez. El hoy diputado —un abogado tributarista que supo ser un implacable cobrador de impuestos para municipios y para la Fiscalía de Estado— intentó apropiarse de este alivio fiscal tratando de adjudicarlo a las políticas de Javier Milei. Resulta un ejercicio de equilibrismo dialéctico asombroso: adjudicarle a la Nación la suspensión de un tributo provincial que el propio Gobernador definió como una herramienta de defensa ante el vaciamiento federal.

Pero los datos, esos que Passalacqua desgranó con precisión quirúrgica, son tercos. En el mundo de la posverdad nacional, el déficit misionero es una creación del centralismo. Los que vivimos en Misiones aportamos 476.000 millones de pesos por mes en impuestos nacionales y solo retornan 170.000 millones. Van tres pesos y vuelve uno. Esa es la verdadera asimetría.

Ese desequilibrio estructural es el que obliga a la provincia a fortalecer su recaudación propia para garantizar que el hospital tenga insumos, que la familia misionera tenga servicios básicos y que el sistema no colapse tras el retiro abrupto e inconsulto de la Nación de programas vitales como el Incentivo Docente, el subsidio al transporte o el programa Remediar. Mientras el poder central concentra recursos que antes redistribuía en obras, salud y educación, el Cantón debe sostener el funcionamiento con su propio esfuerzo, sin aumentar un solo impuesto.

A todo esto, el doctor Núñez, el técnico que antes perseguía deudores para el Estado, nos quiere vender la “libertad” como un producto de importación porteña. ¿De qué libertad hablamos cuando se le quita el precio laudado al productor yerbatero? El Gobernador fue clarísimo: la desregulación no es libertad, es una asimetría profunda que permite al pez grande devorar al chico.

Mientras Núñez relativiza la angustia del sector llamándola “transitoria” y pide fe en un director del INYM designado a dedo desde Buenos Aires, el productor yerbatero ve cómo su esfuerzo se deprecia frente a una industria que mantiene sus márgenes. Hace un año pedíamos 505 pesos por kilo de hoja verde; hoy, para mantener la dignidad del colono, la realidad exige 700 pesos, pero el ajuste nacional lo está pagando, como siempre, el eslabón más vulnerable de la cadena.

El espíritu del mensaje final de Passalacqua fue una apelación a la cohesión y a la visión de Estado que se ha sostenido en el tiempo, desde la visión estratégica del ingeniero Carlos Rovira hasta la gestión actual. Es una labor ininterrumpida que busca el bien común para la familia misionera por encima de las mezquindades sectarias. No hay lugar para quienes, como los sectores patricios que olvidaban el origen de su riqueza, pretenden imponer la narrativa del país central para atacar la construcción colectiva de su propia tierra.

Ante este intrincado laberinto de asimetrías y recortes, la solución no vendrá de intentar desatar con paciencia los nudos que la burocracia centralista nos impone. El ejemplo lo había puesto el propio Rovira, semanas atrás y a su modo, cuando abrió las puertas a la construcción de un nuevo frente: debemos actuar como Alejandro Magno frente al Nudo Gordiano, con una resolución tajante que rompa la parálisis. Esa espada es la vigencia de una frase fundacional de la Renovación que Passalacqua rescató en su discurso y que permanece invariable desde 2003: “El poder está en la gente”. Es una verdad incontrastable que sirve de puente y transición hacia un nuevo paradigma.

En este escenario, Encuentro Misionero se presenta como la síntesis política necesaria para ejecutar ese corte liberador, transformando la resistencia en una construcción colectiva que no depende del permiso de la capital. Entonces, la “Cultura del Encuentro” no debería ser una abstracción ni un nuevo eslogan, sino una exigencia de una ética que obliga al dirigente a pisar la misma calle que la gente. Y el ciudadano debería dejar de ser un espectador pasivo de su propio ajuste; es el custodio de que el federalismo no sea una palabra muerta. Ante una crisis que el gobernador definió como moral, la rebeldía debería ser la de la solidaridad y la tolerancia, rechazando la agresión soberbia que pretende convertir al vecino en enemigo por mandato foráneo.

Me gusta esa imagen del Monte Sacro. Los plebeyos abandonando la ciudad en masa, negándose a cultivar la tierra o servir en el ejército, agobiados por las deudas, la falta de derechos y la altanería de los patricios. El resultado primero fue la parálisis de Roma y después la creación del Tribuno de la Plebe, una magistratura con derecho a veto para proteger al pueblo de los abusos de poder.

Hoy nos situamos en ese Monte Sacro de la dignidad; nos queda la acción directa de la cohesión ciudadana. La soberanía se ejerce cuidando al que tenemos al lado y recordando que, si la Nación se retira, el Cantón se planta; no por mística, sino por estricta necesidad de no ser borrados del mapa. El poder real reside en esa gente que se reconoce en el otro; tal vez así se logre la unidad de este Encuentro Misionero. La salida está aquí, bajo nuestros pies, defendiendo con hechos la esencia de lo que hemos decidido ser.

📜📜📜

Deja un comentario

más entradas